![]() Elsa Franco de Di Renzo |
Nuestros Primeros Maestros Por Sifu Horacio Di Renzo En la China de nuestros Maestros, y de los Maestros de nuestros Sifu…cuando un aspirante se presentaba a solicitar la tutela de un Maestro de Kung Fu, la respuesta no se daba de inmediato. |
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El aspirante siempre llegaba acompañado de un padrino, una persona que servía de garante sobre las cualidades morales de quien quería ser aceptado como discípulo. Y este padrino solicitaba al Sifu la aceptación del nuevo alumno.
El Maestro por su parte, luego de conversar con el muchacho, y escuchar atentamente las recomendaciones del padrino, se tomaba la molestia de averiguar varias cosas concernientes al entorno del futuro practicante. Una de las cosas que deseaba saber el Sifu, era el trato que el interesado tenía para con los mayores, y sobre todo, para con sus propios padres.
Siempre hay verdad y sabiduría en los hechos del hombre sabio. Es cuestión de saber mirar, aprender a ver, poder comprender. Cuando una persona experimentada hace algo, lo mejor es, antes de juzgar, tratar de saber por qué lo hace.
En el caso del experimentado Maestro, la lógica que movía a hacer tales averiguaciones era:
· Si no respeta a los mayores, mucho menos me va a respetar a mí. · Si no respeta a sus propios padres, ¿qué respeto puedo esperar yo?
¿Quién puede poner en duda el sentido común de estas criteriosas consignas? Así, averiguando esas simples realidades, el Maestro podía sacar una precisa conclusión sobre la moralidad del aspirante y tomar una decisión con el menor nivel de riesgo posible, consciente de que una letal arma como el arte marcial no puede estar en las manos equivocadas, y además, sabiendo que sólo el discípulo sensible, leal y moralmente cultivado, cuidará de su Sifu en los tiempos difíciles, y no lo olvidará una vez que haya logrado sus preciados objetivos en el arte del kung fu.
Como profesor de arte marcial chino tradicional, en los comienzos del difícil y fascinante siglo XXI…creo que hago bien en abordar esta antígua costumbre, analizarla y observarla con ojos más modernos, para tratar de encontrar una postura actual que sea de utilidad en la formación de una Escuela, en la educación de un alumno, en el forjado de esa trama sólida y resistente que debe ser la relación Si-To.
Y cuando miro la actualidad, encuentro varias cosas que me hacen pensar.
Puedo ver, por ejemplo, porque lo he observado en ciertas ocasiones, que algunos alumnos, contradiciendo la lógica del antiguo maestro, tratan a sus Sifu, mucho mejor que a sus propios progenitores. Cuántas veces he visto colegas que se desviven en el trato con sus maestros, y tiempo después, pude ver que sus padres ocupaban un espacio casi insignificante en sus vidas.
Cada persona, cada familia, es un mundo, es cierto…quién soy yo para decir cómo es un hijo, o un padre. Sin embargo, vale la pena la reflexión, sin personalizar.
Todo buen alumno debe ser primero un buen hijo. Es una secuencia justa, por muchos motivos, entre otros… porque nuestros padres son Nuestros Primeros Maestros.
Ellos nos han enseñado a caminar en la vida, con su ejemplo, con sus palabras y con sus errores personales. Nos han mostrado un camino, y nos han amado como han sabido, ni mejor ni peor que como pudieron. No hay escuelas para padres, solamente la experiencia de ser hijos y el momento sublime en el que nace nuestro continuador en este mundo. No hay escuelas salvo la vida mísma. Esa vida les enseñó cómo criarnos y ellos hicieron lo mejor, de acuerdo a sus vivencias personales.
Ya desde el momento de la concepción, nos dieron su Jing, su esencia, su alma, su nutriente vital. Ese Jing lo llevamos dentro hoy y lo llevaremos siempre hasta el último día, como llevamos en nuestro corazón los momentos en los que nos cuidaron, nos protegieron y nos enseñaron las reglas de la convivencia, del buen trato, de la educación, de la vida familiar. Nuestro hogar fue nuestra primer escuela. Nuestros primeros maestros, fueron sin duda nuestros padres.
Recuerdo cuando mi hermano y yo, con 14 años, comenzamos a manifestar en casa nuestro interés por esas disciplinas entonces tan desconocidas (las artes marciales orientales). Recuerdo cómo mi vieja se asustó un poco, pensando que, por entrenar, podríamos descuidar nuestras obligaciones en el estudio.
Una noche mi viejo se nos acercó a Claudio y a mí, y en voz baja, nos dijo:
- Nosotros los vamos a apoyar y vamos a inscribirlos en el gimnasio, pero con una condición: que lo hagan seriamente ¿estamos?
Yo no sé cuántos momentos en mi vida, fueron tan definitorios como ese.
Entiéndame…yo además de practicar kung fu, hice de esto mi vida. Mi medio de vida, mi modo y forma de vida. Sin el apoyo del viejo (y de la vieja que escuchaba desde la pieza) esto no hubiera sido posible. Yo podría haber practicado kung fu si no hubiera conocido a mi Sifu. Pero no podría haberlo hecho sin mis padres.
No es curioso entonces, que la palabra “Shr Fu” (Sifu en Cantonés), signifique literalmente “padre-maestro”. Nuestro Maestro es nuestro padre. Nuestros padres son nuestros primeros Maestros. Un hermano mayor, Zhen, dijo una vez que gracias a Sifu, había comprendido la diferencia entre el término común “Lao Shi” (antiguo practicante) y la significativa y valiosa expresión “Shr Fu”.
Esa conjunción perfecta de marcialidad y sentido de familia, de herencia sanguínea y misteriosa adopción cultural y marcial…es lo que te convierte en un auténtico practicante de Arte Marcial Tradicional.
Durante la visita, situ nos mostró cada rincón de su hogar. En el cuarto piso, el último, entramos a una gran sala casi sin muebles. Evidentemente, es el salón donde Chan Kowk Wai entrena durante las noches antes de acostarse. Lo primero que vi, fue un paragüero lleno de viejos sables y espadas.
Luego de ello reparé en una inmensa biblioteca, aquella que una vez el Maestro señaló cuando le dijo a sus alumnos “leí todo esto , y no encontré nada”…(material para otra historia, requiere explicación).
Lo tercero que ví fueron las fotos. Sobre la pared de la entrada, los padres de Chan kowk Wai, y una foto de su boda. Sobre la pared del fondo, su Sifu Yim Sheung Mo.
Fue un momento de gloria. Esta pequeña nota comenzó a gestarse en ese preciso instante. Pude ver, sin hablar, sin pensar, reflejado en hechos, un símbolo viviente de la conjunción entre el Wu De , la virtud marcial, y el cultivo de la persona, la maduración humana de un auténtico Maestro. No es que no supiera quíen era mi Sifu, sino que a veces hay segundos que son tan gráficos, tan abarcativos y claros, que iluminan mucho mejor el camino y le dan una tibia y vivificante caricia a la consciencia.
Supe entonces que sus primeros Maestros fueron sus padres.
Recordé – para no olvidarlo jamás - quiénes habían sido mis primeros Maestros.
Y hoy quiero compartirlo con usted. Para que aunque nos los haya olvidado, los recuerde y reconozca aún más que ayer.
Gracias a ellos, por sobre todo a ellos, hoy estamos aquí.
Horacio Di Renzo
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